Volvemos a subir y, a la misma hora, al Puerto de Ancares, un día después de haber hecho el Miravalles. Las piernas lo agradecen… Esto corresponde a la caminata diaria, según prescripción médica. Y por prescripción mecánica, el coche se queda donde mismo ayer.
Con rumbo totalmente opuesto al del día anterior, vamos ascendiendo entre brezos y pasto, hasta pasar junto al maltrecho Refugio del Puerto de Ancares.
El Bierzo es realmente espléndido: es enorme, rico en recursos naturales y paisajísticos, y aquí se encuentra esta Reserva de la Biosfera: los Ancares.
Seguimos por la arista, preciosa, pero llegado un momento hay dos opciones y tomamos la que baja, para cambiar de ambiente y conocer el pequeño refugio Cabaña de Cuiña, que está impoluto. Nos cruzamos con un joven que había pasado la noche ahí. El entorno es inmejorable, alpino al cien por cien. Solitario y placentero. Estar en un enclave así, caminando, entregado a la incertidumbre, porque es la primera vez que pasas por ahí, y sin plano, sin track de GPS ni nada que te guíe… es un verdadero placer… o un disparate, que dirían otros. Nos quedamos con lo primero.
El valle está completamente verde… julio es la mejor fecha para los Ancares. Vemos a los vigilantes rebecos muy cerca de nosotros y seguimos ascendiendo hacia la primera intención de esta jornada tan placentera. Alcanzamos el collado y le metemos directo al Cuiña. Comprobamos que es una cumbre excepcional para venir a dormir y contemplar el universo entero y todos los planetas… y ya nos hemos acordado irremediablemente de los granos. El paisaje se amplía.
La cumbre es muy amplia; parafraseando a Henry Russell, un pelotón podría maniobrar aquí arriba… y nosotros podríamos tomarnos un café y unas delicias extremeñas en este mismo lugar. No hemos caminado demasiado… pero un café es un café.
Desde aquí se ven Peña Longa y Mustallar, que dan miedo. Hay que bajar mucho, volver a subir, bajar mucho de nuevo, subir… y todo esto por dobles, porque hay que regresar al Cuiña. Lo que a mí me gusta: un mataero. Así que al lío. Isabel dice: ¿pa' qué ir hasta allí, con lo lejos que está, si vas a ver lo mismo? A lo que yo respondo: ¡A por un geocaché! No he venido hasta los Ancares, además, para soslayar la máxima elevación de Lugo, carallo.
Esta jornada fue muy poco o nada pajarera… no se podía perder un minuto mirando al cielo… es más, no llevaba a la mano ni el prismático. Peña Longa es todo un desafío. Tras bajar el enorme Cuiña, ves frente a ti una pared gris y verde. No se puede sortear… hay que acometerlo. En su cima, en la chapa de un coto de caza, han pintado el nombre del cerro. Se agradece la información. ¿Y cómo se baja de aquí hasta el Mustallar? Pues a las bravas, nadando en un mar de brezo. Menuda odisea.
El collado que ahora me separa de la última ascensión (de ida) es precioso. Grandes oportunidades se ofrecen desde esta confluencia de laderas opuestas y de divisorias de aguas; pero yo sólo tengo una opción. Tiro tieso hacia la cumbre chata y larga del techo lucense. Llego arriba del todo y enciendo el gps… Hay un geocaché que buscar.
10.000 millones de insectos me dan una calurosa bienvenida, a lo que yo respondo sin aspavientos y con total confianza. En cada foto aparece toda la familia del catálogo de especies voladoras. La mochila parece un hormiguero… Deja que los chavales disfruten… ya se irán.
Hacía tiempo que no dedicábamos unas líneas al asunto de los “techos ibéricos”. No ha sido nuestro objetivo completar la lista de techos provinciales, pero sí que es cierto que hemos ascendido muchos, incluso hubo un verano en el que subimos cinco o seis seguidos, por Picos y Euskadi. Fue muy emocionante. Esta cumbre, sin embargo, ha salido casi de casualidad… teníamos ganas de adentrarnos en los Ancares, más que por el reto de los techos. Desde luego, a quien esté por ellos… le va a encantar esta comarca. Un día me pondré a contar cuántos hemos ascendido… por curiosidad.
Es preciosa esta cumbre… se me olvidaba añadirlo, pero después de disfrutar de las vistas y descansar un poco haciendo fotos, toca la hora de regresar por donde más o menos hemos ascendido. ¡Qué verde está todo el pasto!
A la hora de comer, no habíamos terminado la caminata, así que degustamos nuestra propia gastronomía en una cumbre preciosa que quedaba a menos de una hora de donde estaba estacionado el maldito vehículo. Contemplar ahora, con tranquilidad, el paisaje recorrido fue un verdadero placer; es para esto para lo que subimos cumbres… para observar el paisaje tras el reto del esfuerzo. Los montañeros, como dice Robe en su último trabajo, no tenemos nada que perder. Una semana sin montaña es una semana perdida.
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| Como en La Vuelta, comienza Puerto. |
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| Muy despejado el día y mucho menos ventoso que ayer. |
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| Collados de libro. |
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| El incansable vigilante de las montañas. |
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| Al fondo, ya el Cuiña. |
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| Pico Cuiña. |
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| Desde la misma cumbre… o casi. |
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| Pico Miravalles, desde Cuiña. |
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| Peña Longa y Mustallar detrás, desde Cuiña. |
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| Me despido… hasta Mustallar. |
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| Collado entre Mustalar y Cuiña. |
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| Cima alargada del Mustallar. Máxima elevación lucense. |
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| La geocaché más alta de Lugo. |
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| Esculturas en la cima. Human Touch. |
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| De regreso y tras la comida, vuelta a las botas. |
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| Esto se estaba terminando. ¿Repetiremos Ancares? |