domingo, 30 de agosto de 2020

El Púlpito, la Morra, la Ermita, y un incendio en Capileira.

Bastante tiempo sin aparecer por Sierra Nevada… por motivos ajenos a nuestra voluntad, hacen que el camino de aproximación se recorra con mayor emoción. Sólo paramos 10 minutos en todo el trayecto.

A poco más de las doce, comienzan nuestras piernas a moverse con soltura por esas altitudes… y latitudes. Muchísima basura en Hoya de la Mora… nada nuevo bajo el sol. Prácticamente se podría poner en la entrada un cartel de: Vertedero Incontrolado… y se terminaría antes.

Viento… mucho viento para ser un martes.

Barranco de San Juan… si, es lo mejor… mucho más verde y menos venteado que la aburrida y triste carretera. Paramos a comer junto a las lagunas… casi charcas. El salmorejo y la tortilla están exquisitos en alta montaña.

Poco más arriba, del nacimiento de uno de los arroyos que conforman Barranco San Juan, tomamos agua en nuestra botella. Hay bastante por la sierra, y no es necesario ir tan cargados.

Amenazaba tormenta, de hecho, poco antes de llegar nosotros, acababa de caer granizo y chuzos por la zona alta… 

Nos dijeron que por la tarde volverían las tormentas… que tuviésemos cuidado… claro… yo voy a venir desde Cádiz para bajarme del burro por 4 granizos…

A la laguna de Río Seco llegamos sin esfuerzo alguno, y empezamos a bajar buscando un enclave cómodo, tranquilo, con agua, refugiado del fuerte viento y fuera de la vista, para dejar caer las espaldas esa noche. Lo encontramos.

Que bien sientan unos huevos revueltos a esa altitud, con una infusión de jengibre.

El segundo día nos fuimos al Púlpito, que tiene una arista preciosa, cómoda, y unas vistas espléndidas, a parte de un hito popular de dimensiones muy nevadenses. Es la moda, ahora.

Se llega de vuelta al collado, se recogen las mochilas, y alcanzamos la Laguna de la Morra o de las Cabras… con esos dos topónimos te la encontrarás según donde leas, aunque hoy le podríamos cambiar el nombre por Laguna de las vacas. Aquí coincidimos con cuatro montañeros de la capital, y dialogamos un rato.

Este cerrete que dejamos a nuestra izquierda, superada la Laguna de las Cabras, es la Atalaya del Púlpito. Alcanzamos un collado con vistas a toda la pista, o antigua carretera a Capileira. ¿Qué hacemos? Nos dijeron estos, que bajásemos a las lagunas, y todo recto hacia la pista… pero… ¿no parece mejor tirar a la derecha, por este vasar inclinado que recorre los Raspones?

Pues no… no parece que fuese la mejor idea… pero fue lo que decidimos, y aquí no nos arrepentimos de nada. ¡Un marronazo que no veas! Para haber llamado al 112… vaya.

Cerca de la Carigüela, si nuevamente por aquí, empezamos a ver humo. ¡Vaya por dios!

Bajamos a los Lagunillos de la Virgen, y tomamos agua de uno de los nacimientos, forrado de borreguil, y con un frescor envidiable. Hablando de frescor, llevábamos casi toda la jornada con el goretex puesto… a mediados de agosto… la temperatura invitaba a caminar, pero es que todo el día negociando…, así que bajamos a las inmediaciones de los Lagunillos de la Ermita, y nos dispusimos a descansar.

Mientras disfrutábamos del entorno, nos llegó el olor a humo… y lo vimos por encima de los Tajos de la Virgen. Los medios aéreos tardaron casi una hora en llegar desde el primer aviso… la gente de Capileira pasó bastante miedo. Hacía viento y era una situación muy peligrosa. Fue intencionado, pues contaba con dos focos. No entendemos tanta maldad.

Un buen atardecer… el segundo consecutivo en esta montaña, en la que no disfrutábamos de un atardecer desde el año pasado.

Esa noche hizo menos viento, y se descansó mejor. No vino zorra… no nos molestó nada, ni nadie. Hay que recordar que a los animales salvajes, no hay que intentar “cuidarlos”… son salvajes… es absurda una foto acariciando un zorro. La fauna salvaje debe sentir miedo de nosotros… no aprecio, y de esta manera estaremos asegurando su supervivencia y manteniendo intactas sus costumbres y dietas. Quizá sea un poco tarde, pues ya en Sierra Nevada los zorros nos tienen demasiado aprecio, y la culpa es de quienes en su momento les daban de comer, como una gracia. Ocurre con toda la fauna, y ellos deben tener su espacio, y nosotros el nuestro.

La noche fue espectacular, y vimos algunas estrellas fugaces… la impresionante Vía Láctea estaba de nuevo ante nuestros ojos… en Cádiz, no solemos tener esa oportunidad.

El fresco del alba es siempre reconfortante. Tras un buen desayuno, con pan, aceite, arroz con leche, frutos secos, café… recogimos todo, escondimos las mochilas, y nos fuimos al refugio de Elorrieta. La mañana estaba maravillosa para caminar.

Y aquí arriba estuvimos un buen rato, disfrutando del frío nevadense, respirando aire puro, protegidos… pues hacía viento, y pensando que al día siguiente veríamos a Ismael Serrano en San Fernando. Ya vimos la semana anterior a Antonio Lizana, junto al maestro Chano Dominguez, y ofrecieron un espectáculo realmente interesante. La fusión entre el flamenco y el jazz es llevada con muchísima maestría y originalidad tanto por Chano, como por este gran saxofonista y cantaor que es el joven isleño Antonio Lizana. Tuvo la gentileza de firmarnos el último disco, en vinilo, que ofrece una buena colección de composiciones muy variadas.

Al llegar al coche, era la hora de la comida… pero sinceramente, la Hoya de la Mora no invita en absoluto a sentarse en las mesas de los establecimientos a comer, y no es culpa de los comerciantes, en absoluto, es culpa de los que no hacen más que bajar del coche y lo tiran todo al suelo. De verdad, no hay derecho. Huele mal, y la vista no puede más que estresarse con tanta basura. Independientemente del buen hacer de los comerciantes que se buscan la vida con sus pequeños quioscos, dando de comer y beber, el ambiente nos echa para atrás… así que, carretera y manta. Cierto es que no corren buenos tiempos para la hostelería, pero también es cierto que no colaboramos en absoluto con ellos. No hay derecho.

El momento de la comida en montaña, siempre es algo especial. En el Barranco de San Juan.

Uno de los nacimientos que riegan el Barranco de San Juan.

Desde la Carigüela.

Senecio Nevadensis.

Isa aberronchada al hierrelbergensis.

¡Que ven mis ojos!

El Portillón.

Por la laguna de Río Seco, que está preciosa.


Esos Raspones, y la madre que los parió.

De bajada.

El atardecer que nos va a quedar grabado para siempre.

No tiene desperdicio esa luz.

Estuvo todo el día con distintas formaciones de nubes.

Aquí no ha dormido nadie.

Hermosa referencia para esconder las mochilas.

El Púlpito.

Una piedrecita más, y nos vamos para arriba.

Es hermosa la vista de los Raspones desde el Púlpito.

Es verdad que las terreras son azules.

El Púlpito a la izquierda, y cada vez más lejos.

La Atalaya del Púlpito.

Cada vez más cerca.

Laguna de la Morra, de las Cabras, o de las Vacas... como se prefiera.


Zona complicada sin vereda y a media ladera, y con patio. 

Cada vez más patio.

El inicio del río Veleta.

Hay posibilidad de coger agua por todas partes.

Lagunillos de la Virgen. 

Lagunillos de la Ermita. 

Hora de comer algo.

Dos soles como dos ojos...

Las luces y sus juegos de sombras.

Fresco en Elorrieta.

Lagunillo Misterioso. Lo dicho, hay agua por todas partes.

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