-Moorland, el páramo de la montaña africana.
Amanece en Machame Camp y hace frío. Charles nos trae una palangana con agua caliente. Ayer trajo 2 y le dijimos que con una es suficiente para ambos; hay que ahorrar agua. En los campos no hay y los porteadores bajan al río, que no está precisamente cerca, y la suben sobre sus cabezas en cubos de 25 litros que llenan hasta el borde. Parece increíble salir con el torso desnudo a casi 3000 m de altitud y darte un lavado del gato con agua caliente y jabón. El cuerpo se seca solo… no hace falta ni llevar toalla. Charles… hiciste un trabajo excepcional con nosotros.
Desayunamos fruta, café, tortilla, crepés, tostada, salchichas; llenamos las vejigas de agua, nos preparamos y salimos a caminar… es temprano… muchas expediciones todavía continúan en sus tiendas, pues la etapa es corta y tenemos todo el día por delante.
Los porteadores se encargan de recogerlo todo y luego te adelantan por el camino… con un peso brutal sobre sus espaldas y sus cabezas. En nuestro equipo hay dos mujeres, Lightness y Jenipha, que triplican la carga que llevo.
El brezo (Erica, como se le llama en suajili) tapiza todo este entorno. Nos resulta increíble caminar a mayor altitud que la montaña andaluza en la que dormimos recientemente para aclimatar, que es un verdadero desierto, y contemplar vegetación de más de tres metros de altura a tu alrededor. La fauna también es bastante variada.
En la etapa de ayer, el bosque tropical estuvo presente casi todo el día y es una zona donde se puede ver algún primate y, sobre todo, aves, como el papamoscas azul africano, que es precioso, y algún cuervo oportunista de cuello blanco, que se comía nuestras palomitas.
Cada minuto que pasa es emocionante, pues las vistas se amplían y el mineral volcánico se vuelve cada vez más visible. Esta zona de vegetación ha sufrido una considerable regresión, principalmente por los incendios.
-Shira Camp.
La llegada al campo donde pasaríamos la segunda noche es temprano: es mediodía. Tomamos asiento y damos un breve paseo hasta Shira Cave. Las vistas del volcán Shira son estupendas. Un mar de nubes perdura casi toda la jornada… pero a la noche pudimos ver las luces de Moshi.
El campo es un vertedero, literalmente. La mayoría de las personas que pasan allí la jornada no perciben el cuidado necesario para mantener el entorno natural lo suficientemente protegido como para que apenas se note nuestra presencia. Esto es un detalle bastante negativo para un paraje tan delicado como la alta montaña africana, y a ello hay que añadir el tema de las letrinas. En este campo II hay varias… no las enumeramos, y suelen estar bastante llenas, no sólo de excrementos… ahí va a parar todo… hasta garrafas de agua vimos en el interior de alguna. El hedor es insoportable; de hecho, muchas ni siquiera las utilizamos… es un reto insuperable, y no vamos a arreglar nada por no hacerlo en el campo.
Hay docenas de cuervos, palomas y algún ratón espabilado, de cuyas maniobras alimenticias disfrutamos durante largo rato. Saludamos a nuestros amigos catalanes (padre y dos hijos) y a nuestras amigas catalanas (Paula y Cristina). También nos alegramos de ver de nuevo a dos chicos franceses muy agradables, con quienes coincidimos en ruta.
El hecho de que esta jornada fuese corta resultó bastante beneficioso, pues los efectos del incidente en la cabina del avión parecen haber quedado olvidados. Lo que no se olvida es el incidente de la cámara de fotos: anoche apareció encendida sobre la una y media, y la batería se ha agotado casi por completo… sin posibilidad de recarga. Este viaje parece estar lleno de sorpresas.
-La comida de altura.
Nuestro cocinero, Omary, es una persona muy alegre y eso se nota en la calidad de la comida. A la hora de la cena, por ejemplo, nos metemos en la tienda y nuestro asistente, Charles, nos va acercando los platos: ensaladas, arroz, carne, crema, verdura… todo junto. La cena de este día fue excesivamente copiosa y exquisita. No queremos devolver comida… y, la verdad, por la noche no pegamos ojo. También contribuyen a ello los efectos de la altitud… Nunca hemos dormido a 3850 m.
Dos días antes de volar, habíamos estado disfrutando del directo de Raimundo Amador, que se mantiene en plena forma a sus 60 años… es una delicia verle tocar sus viejas composiciones de fusión pionera entre flamenco y blues… dos géneros que tanto nos atraen, mezclados con maestría con el estilo de este ilustre sevillano. De hecho, los guías escucharon en alguna ocasión canturrear aquello de: “Un potaje de habichuelas y una barra de pan, la cuchara en una mano, y la otra…” Pata negra sonando a 4000 m de altitud.
Al atardecer, las vistas de la cumbre del Kilimanjaro por un lado y del monte Meru por el otro llenan nuestro cerebro de momentos inolvidables, y no paramos de acordarnos de Fernán (Zaballa), del blog Gorbeaamets-ortzadar, pues nos conocimos en persona cuando terminaba su Transiberikanzehar a su paso por Tarifa y, casualmente, estaba haciendo la ascensión al Kilimanjaro, pero con dos etapas por delante de nosotros.
Esta noche, su grupo atacaría la cima de Uhuru, mientras nosotros aprovechábamos la pluma y la lana merino para descansar. Mañana sabremos si de verdad estamos completamente preparados o si habrá que empezar a disfrutar de la bajada. Es una montaña muy alta… too high to explain.
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| Ya debemos estar a unos 3200 m y sigue habiendo bastante vegetación. El Meru está en erupción. |
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| Una jornada bastante deliciosa. |
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| Con Wilfred, nuestro guía, entre brezos, a más de 3000 m. |
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| El mar de nubes es diario. |
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| Los porteadores hacen un trabajo increíble. |
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| Letrinas en una zona intermedia. A unos 3400 m, o algo más. |
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| En Shira Cave, a 3750 m. Wilfred, Nico, and Kelvin. |
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| Qué cerca se ve y qué lejos nos quedó. |
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| Bajo esas nubes, Moshi. |
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| Las enormes tiendas comedor de algunas empresas. |
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| Se alargan las sombras… y la sonrisa. |
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| Como si de una isla se tratase, alcanza los 4600 m. |
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| El sol se oculta a las 18:30 tras Shira Peak. Otro volcán. |




































